La transición del Realismo Social de los años 30 hacia el Gótico Andino contemporáneo no es simplemente un cambio de género literario, sino una reconfiguración total de la psique nacional en el papel. Durante décadas, la narrativa ecuatoriana estuvo anclada a la denuncia externa: el enemigo era el «otro» (el terrateniente, el sistema, el estado opresor). Sin embargo, la nueva ola de escritoras con Mónica Ojeda y María Fernanda Ampuero a la cabeza ha girado el lente 180 grados para enfocarlo hacia el interior del hogar, de la familia y del propio cuerpo.

En este nuevo paradigma, lo «monstruoso» se utiliza como una herramienta política y social. El horror no proviene de castillos lejanos, sino de la claustrofobia de las casas de clase media en Quito o Guayaquil, de los silencios cómplices frente al abuso y de la violencia de género normalizada bajo el manto de la «decencia». Al utilizar la geografía andina sus volcanes, su neblina y sus abismos como un espejo de las sombras psicológicas, estas obras logran que el lector deje de ser un espectador de la miseria ajena para enfrentarse a sus propios tabúes. Es una estética de la incomodidad que busca «hackear» el miedo para obligarnos a mirar aquello que la sociedad ecuatoriana ha preferido ignorar durante un siglo de conservadurismo.
«El nuevo horror ecuatoriano no busca que miremos debajo de la cama, sino que nos atrevamos a mirar dentro del espejo de nuestra propia cotidianidad.»