El Centralismo Editorial.
El viaje de una obra literaria en Ecuador dista mucho de ser una línea recta y fluida; es, en realidad, un laberinto con un destino previsible y, a menudo, profundamente excluyente. A pesar de los constantes esfuerzos institucionales y las promesas de democratizar la cultura, el mapa del consumo editorial en el país revela una fractura territorial alarmante que ha segmentado al Ecuador en ciudadanos con acceso y ciudadanos en el olvido. El sistema de comercialización padece de un centralismo crónico que se ha normalizado con el tiempo: actualmente, se estima que aproximadamente el 70% de las ventas totales y los puntos de distribución física se concentran de manera exclusiva en solo dos provincias: Pichincha y Guayas.

Esta polarización no es un evento fortuito ni una coincidencia del mercado; responde a una infraestructura logística históricamente diseñada para servir de forma privilegiada a los grandes centros urbanos de la Sierra y la Costa central. Al priorizar el eje Quito-Guayaquil, el sistema ignora sistemáticamente a las provincias periféricas, las zonas amazónicas y las provincias fronterizas, creando una desconexión cultural que impide que la literatura funcione como un hilo conductor de la identidad nacional.
Este fenómeno estructural convierte a la mayor parte del territorio nacional en una suerte de «desierto literario». En provincias donde no existen librerías de fondo, sellos independientes o espacios especializados, el ciudadano común se ve forzado a conformarse con la oferta limitada y genérica de las grandes cadenas de papelería. En estos espacios, la selección no es literaria, sino estrictamente comercial: la oferta es dictada por la rotación rápida de inventario, priorizando textos escolares estacionales o bestsellers de autoayuda y marketing, dejando fuera la riqueza, el riesgo y la experimentación de la narrativa y poesía contemporánea.
Para un lector en provincias como Pastaza, Loja o Esmeraldas, acceder a una novedad de una editorial independiente ecuatoriana que hoy por hoy son las que producen el contenido más relevante del país no es un acto cotidiano de consumo cultural, sino una verdadera odisea logística. El acceso queda condicionado a dos vías desalentadoras: la primera es depender de envíos por courier o servicios postales privados, cuyo costo de envío puede representar entre el 15% y el 25% del valor total del libro, convirtiendo una compra de $20 en una inversión de $25 o más. La segunda vía es la simple fortuna de encontrar un distribuidor local o un gestor cultural que haya asumido el riesgo financiero personal de «importar» ejemplares desde la capital para venderlos en su comunidad. Así, el libro en Ecuador no solo es caro por su papel, sino por la distancia que debe recorrer para encontrar a su lector.