«No deseo que las mujeres tengan más poder que los hombres, sino que tengan más poder sobre sí mismas» – Mary Shelley
Hay vidas que parecen escritas con una pluma mojada en tinta de tormenta, y la de Mary Wollstonecraft Shelley (1797–1851) fue, sin duda, una de ellas. No fue solo una escritora; fue una visionaria que aprendió a leer sobre la tumba de su madre y a amar bajo la sombra de los cementerios, convirtiendo el luto en la piedra angular de la ciencia ficción moderna. Mary no nació en un hogar común. Fue la hija de dos titanes del pensamiento: la pionera feminista Mary Wollstonecraft y el filósofo anarquista William Godwin. Sin embargo, el destino le marcó el pulso con una ausencia: su madre murió a los pocos días de nacer ella.
A los dieciséis años, la joven Mary conoció al poeta Percy Bysshe Shelley. Su amor fue un incendio que desafió las convenciones de la época. Juntos, escaparon hacia una Europa convulsa, viviendo una bohemia de viajes, penurias y una libertad que les costó el rechazo de la sociedad, pero que les regaló la eternidad literaria. El momento cumbre de su mito ocurrió en 1816, el «año sin verano». Refugiados en la Villa Diodati, a orillas del Lago Lemán en Suiza, Mary, Percy y Lord Byron se entregaron al desafío de escribir la historia más aterradora jamás contada.
Mientras los relámpagos cruzaban el cielo suizo, Mary tuvo un «sueño despierto»: la imagen de un estudiante pálido arrodillado ante una criatura ensamblada. Así nació Frankenstein o el moderno Prometeo. La vida de Mary estuvo marcada por la tragedia: la pérdida de tres de sus cuatro hijos y la muerte prematura de Percy en un naufragio. Pero ella, en lugar de hundirse, se convirtió en la guardiana de su legado y en una creadora incansable.

Mary Shelley murió a los 53 años, dejando tras de sí un mapa de la psique humana. Nos enseñó que el verdadero horror no está en los restos de los cementerios, sino en la ambición sin responsabilidad y en el abandono del «otro». Hoy, cuando miramos a la inteligencia artificial o los límites de la ciencia, es la voz de Mary la que sigue resonando en nuestros oídos, recordándonos que todo acto de creación conlleva un compromiso de amor.
