Soberanía Intelectual.
La independencia editorial en Ecuador no debe entenderse únicamente como un cambio de gestión administrativa o un traspaso de oficinas; representa, en su esencia más pura, una declaración de soberanía intelectual. Al romperse el cordón umbilical con las casas matrices en Madrid, Bogotá o Ciudad de México, el editor ecuatoriano se liberó de la vigilancia de los «comités de ventas» internacionales. Estos comités, cuya única brújula es la rentabilidad proyectada, solían filtrar la producción nacional bajo un criterio homogeneizador: solo se publicaba aquello que fuera lo suficientemente «neutro» o «comercial» para encajar en cualquier mercado hispanohablante.

Con la consolidación de los sellos independientes, el catálogo nacional dejó de ser un pálido espejo de las tendencias de consumo en España para convertirse en un reflejo crudo de lo que se siente y se vive en el Ecuador. Esta nueva libertad ha permitido la eclosión de lo «raro», lo «incómodo» y lo «experimental». Ahora, temas que antes se consideraban riesgosos como el gótico andino más visceral, la poesía que rompe la sintaxis tradicional o el ensayo político de nicho tienen un lugar en las librerías.
La bibliodiversidad se convierte así en un acto de resistencia: es la decisión de publicar un libro no porque va a vender diez mil ejemplares, sino porque su voz es necesaria para entender quiénes somos hoy. Este modelo de autogestión ha permitido que la literatura ecuatoriana recupere su identidad territorial, priorizando la calidad literaria y la relevancia social sobre la capacidad de la obra para convertirse en un producto de consumo masivo y efímero.
Entendemos que cada libro publicado de forma independiente es un eslabón en una cadena de resistencia que asegura que nuestras historias no sean silenciadas por la falta de un código de barras exitoso.
«La bibliodiversidad no se trata de cuántos libros se venden, sino de cuántas voces diferentes se atreven a existir