
La retirada estratégica de las denominadas «Majors» los grandes grupos editoriales transnacionales marcó el fin de una era donde la literatura ecuatoriana era medida estrictamente por su capacidad de generar dividendos inmediatos. Bajo la lógica del bestseller, corporaciones como Santillana o Planeta establecieron una dinámica de «caducidad acelerada»: si una obra no lograba cifras de venta masivas en sus primeros noventa días en percha, era condenada al olvido o a la trituradora. Según reportes históricos analizados por la Cámara Ecuatoriana del Libro (CEL), esta visión puramente mercantilista invisibilizó durante décadas las propuestas experimentales, la poesía disruptiva y los géneros menos convencionales que no encajaban en los moldes de consumo rápido.
Sin embargo, esta «orfandad editorial» no detuvo la producción nacional; por el contrario, se convirtió en el terreno fértil para el surgimiento de los sellos independientes, quienes asumieron el rol de nuevos «guardianes culturales». Editoriales como Catafixia, Turbina y Kuychi no operan bajo la premisa de la acumulación de capital, sino desde un manifiesto de resistencia cultural. Para estos sellos, publicar un libro es, ante todo, un acto político y estético. Al funcionar con estructuras mínimas donde a menudo el editor asume también las labores de diagramación, corrección y promoción, han logrado una agilidad y una libertad creativa que las transnacionales nunca pudieron permitirse.
Esta cercanía física y emocional con el territorio ha permitido una curaduría mucho más arriesgada y visionaria. No es coincidencia que las voces que hoy lideran el fenómeno internacional del «Gótico Andino» o la nueva crónica descarnada hayan encontrado su primer hogar en estas editoriales de autogestión. No obstante, este heroísmo literario tiene un costo elevado. La independencia en Ecuador implica navegar en un mar de vulnerabilidad económica, donde la falta de incentivos fiscales y los altos costos de producción obligan a los editores a realizar verdaderos malabares financieros para que el libro local siga siendo una realidad tangible.
«Cuando las grandes corporaciones apagaron las luces, las editoriales independientes encendieron las imprentas para demostrar que el valor de una obra no se mide en su rotación en percha, sino en su capacidad de transformar la cultura de un país.»