
La era digital ha parido una figura híbrida: el «Prosumidor Literario», un usuario que ya no se limita a recibir la obra de forma pasiva, sino que la comenta, la recomienda, crea «fan-art» y participa activamente en la difusión a través de hilos narrativos y contenido transmedia. Esta realidad ha forzado a la literatura nacional a salir del papel para sobrevivir en un ecosistema donde el contenido es efímero y la competencia por la atención es feroz. Hoy, una novela ecuatoriana no solo compite con otro libro, sino con el scroll infinito de TikTok y la gratificación instantánea de las notificaciones móviles.
El gran desafío para los comunicadores es la alfabetización digital crítica. No se trata simplemente de saber navegar en una aplicación, sino de entrenar el cerebro para recuperar la capacidad de «atención profunda». La literatura debe aprender a «habitar» lo digital sin perder su esencia reflexiva. El objetivo es utilizar la inmediatez de la tecnología como un anzuelo estratégico: que un video corto o una publicación atractiva sirvan como puerta de entrada para arrastrar al lector hacia aguas más profundas, donde el silencio y la extensión de una crónica o una novela recuperen su poder transformador. La tecnología, en este sentido, debe dejar de ser vista como la enemiga de la lectura para convertirse en el puente necesario que conecte a las nuevas generaciones con la profundidad del pensamiento escrito.
«El reto no es apagar las pantallas para poder leer, sino encender en el lector la capacidad de habitar el silencio en medio del ruido digital.»