El surgimiento de las comunidades lectoras.
Más allá de las frías estadísticas de venta en las grandes cadenas de librerías, existe un ecosistema vibrante que está oxigenando la literatura nacional: la autogestión y las comunidades digitales. Ante la falta de una estructura de distribución masiva que logre penetrar en cada rincón del país, los autores y sellos independientes han dejado de esperar espacio en las estanterías tradicionales para construir sus propias rutas de circulación. Clubes de lectura autoconvocados en ciudades como Quito, Cuenca y Guayaquil han dejado de ser simples grupos de aficionados para transformarse en los nuevos «centros de legitimación cultural», donde el debate apasionado y el boca a boca digital en plataformas como Instagram y TikTok (impulsados por el fenómeno BookTok) poseen hoy un peso mediático mucho mayor que las críticas académicas en los suplementos culturales de antaño.
Este fenómeno ha propiciado el nacimiento de un circuito de ferias independientes, mercaditos de libros y festivales autogestionados que priorizan la experiencia humana del contacto directo entre quien escribe y quien lee. En estos espacios de resistencia, el libro abandona su condición de objeto estático y polvoriento en una percha para mutar en un catalizador social; una herramienta de diálogo que permite al lector cuestionar al autor y al autor entender a su audiencia en tiempo real.

Sin embargo, a pesar de este auge comunitario, el fantasma de la descentralización sigue siendo la gran asignatura pendiente del sector. Mientras estos eventos florecen con fuerza en las capitales provinciales y centros urbanos, las zonas rurales y las periferias geográficas continúan enfrentando un «silencio literario» alarmante. La brecha no es creativa, sino logística: los elevados costos de envío y la ausencia de puntos de encuentro físicos condenan a muchos lectores potenciales al aislamiento. Por ello, el futuro de la literatura ecuatoriana no se juega solo en la calidad de la página, sino en la audacia de estas comunidades para convertir el acto solitario de leer en un movimiento colectivo capaz de derribar, de una vez por todas, las barreras del precio, la logística y la distancia.
La literatura ecuatoriana atraviesa un momento de esplendor creativo innegable; hemos pasado de ser una periferia silenciosa a convertirnos en un referente del suspenso y la narrativa contemporánea en el mundo hispanohablante. Sin embargo, este reportaje evidencia que la «salud» de nuestras letras no puede medirse únicamente por los premios internacionales o la cantidad de registros de ISBN. La verdadera vitalidad de una cultura literaria reside en su capacidad para ser habitada por sus propios ciudadanos. Mientras persista la paradoja de una producción en auge frente a un consumo estancado, el libro seguirá siendo percibido como un objeto de lujo o un requisito académico, y no como la herramienta de resistencia y autodescubrimiento que autores como Esteban proponen.
El camino hacia la democratización de la lectura en Ecuador requiere más que solo buenas prosas; exige una reestructuración de cómo entendemos la distribución, una apuesta real por la alfabetización digital y, sobre todo, el fortalecimiento de esas comunidades autogestionadas que hoy son los pulmones del sector. Solo cuando logremos que el «viaje del libro» sea tan accesible en una zona rural de los Andes como lo es en las librerías de Quito o Guayaquil, podremos decir que el «nuevo despertar» de las letras ecuatorianas ha dejado de ser un fenómeno de élites para convertirse en el patrimonio vivo de todo un país.
«Escribimos para el mundo, pero el reto es que nos lean en casa».
¿Qué opinas tú sobre los hábitos de lectura en Ecuador?