En un ecosistema digital saturado de titulares engañosos (clickbait), algoritmos que refuerzan nuestros sesgos y noticias que caducan en cuestión de segundos, la verdad parece haberse vuelto fragmentaria. El problema actual, el periodismo literario también conocido como periodismo narrativo o de largo aliento emerge no como un lujo estético, sino como una necesidad democrática.
Mientras que las fake news se alimentan de la velocidad y la falta de verificación, el periodismo literario propone una pausa. No busca ser el primero en contar qué pasó, sino el mejor en explicar por qué ocurrió y qué significa.
La honestidad frente a la «objetividad» mecánica
Las noticias falsas suelen disfrazarse de objetividad absoluta para engañar. El periodismo literario, en cambio, abraza la subjetividad responsable. Al utilizar recursos de la literatura (descripciones detalladas, desarrollo de personajes, manejo del tiempo), el cronista no oculta su presencia. Al decir «yo estuve ahí», el periodista establece un contrato de honestidad con el lector. Esta transparencia genera una confianza que la frialdad de un algoritmo no puede replicar.

¿Por qué leer crónicas escritas o impresas?
Elegir leer un reportaje de diez páginas sobre un conflicto social en lugar de consumir veinte hilos de X (Twitter) es un acto de resistencia intelectual.
El periodismo literario nos devuelve la capacidad de asombro y nos protege de la manipulación porque nos enseña a pensar de forma crítica. En la era de la posverdad, la mejor forma de encontrar la realidad no es a través de una pantalla que parpadea, sino a través de una historia bien contada que nos obliga a mirar de frente la condición humana.
